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Pueblos indígenas: reflexiones sobre la inter-relación con el cooperativismo

17 de agosto de 2011

Con motivo del Día Internacional de los Pueblos Indígenas (9 de agosto), se ofrece un material para la reflexión cooperativa sobre las lecciones aportadas por estos pueblos y sus organizaciones en su relación con la Naturaleza.

Con motivo de la celebración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas el 9 de agosto, Kofi Annan, Secretario General de la ONU se refirió a las contribuciones culturales de estos pueblos. En su mensaje exhortó a “hacer un mayor esfuerzo por reconocer y reforzar su derecho a controlar su propiedad intelectual y ayudarlos a proteger, desarrollar y obtener compensación justa por su patrimonio cultural y sus conocimientos tradicionales que, en última instancia, nos benefician a todos”.

Conviene tomar en cuenta instrumentos internacionales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre Pueblos Indígenas y Tribales, así como la Declaración de la Organización de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas.

El primero es un instrumento jurídico internacional vinculante que trata específicamente los derechos de los pueblos indígenas y tribales. Por su parte, la Declaración pone el énfasis en “el derecho de los pueblos indígenas de preservar y fortalecer sus propias instituciones, culturas y tradiciones, y de trabajar por su desarrollo de acuerdo a sus aspiraciones y necesidades”.

En el marco de los preparativos para el Año Internacional de las Cooperativas, es importante reflexionar sobre la relación entre cooperativismo y los pueblos originarios o indígenas.

En América Latina el movimiento cooperativo se ha expandido durante el siglo XX e inicios del XXI. En esta parte del mundo, las tradiciones indígenas de la cooperación espontánea fueron una fuente de inspiración del movimiento cooperativo, el cual también siguió las tradiciones históricas del cooperativismo de consumo, trabajo, finanzas, agrícolas y de diversos servicios.

En nuestros días, el cooperativismo encuentra el desafío de comprender la causa indígena a partir de las necesidades y propuestas de los pueblos profundos del continente.

La reflexión sobre la relación de los pueblos originarios con la Naturaleza, es una fuente importante para inspirar al movimiento cooperativo frente a los desafíos ambientales globalizados actualmente.

Los pueblos originarios de América y el ambiente

Las concepciones indígenas y campesinas sobre la Naturaleza han inspirado otras corrientes ambientalistas, colocando al ser humano como un elemento más dentro de la Naturaleza. Dichas corrientes actualmente reconocen que se generó una imagen mítica de una relación simbiótica de los pueblos originarios con el entorno, a partir de la generalización de algunos casos efectivos, como por ejemplo ciertas prácticas de los pueblos Lamas en las laderas andino-amazónicas.

Esta discusión acerca de la relación entre pueblos originarios y ambiente natural sigue activa. La distinción entre mitos y conocimiento fundado al respecto todavía ocupa importantes esfuerzos en varios países, aunque ya se han venido asentando algunos avances.

Hoy tiene menos fuerza una corriente conservacionista, que se preocupa por la extinción de especies de flora y fauna y desaparición de ecosistemas (especialmente el Amazonas) y que concibe a la Naturaleza como espacios “silvestres” que son mancillados por los seres humanos.

En realidad, las áreas llamadas “silvestres” en América Latina han estado habitadas de diversas maneras por los pueblos originarios desde tiempos ancestrales. Para estos pueblos, tales sitios no son “áreas silvestres” sino su hogar, lugares que han modificado de manera intensa y extensa para el aprovechamiento humano.

La concepción indígena de Pacha Mama no se reduce a un vínculo de contemplación de una Naturaleza intocada. La intervención del entorno y la reducción del riesgo ambiental al mínimo están presentes en la cultura andina. Por tanto, resulta un error concebir la Pacha Mama como sinónimo de una relación equilibrada y simbiótica con la Naturaleza.

La tradición de la cultura guaraní (que se extiende en bosques subtropicales y sabanas del sur de Bolivia y Brasil, Paraguay y norte de Argentina) es una fuente importante de conocimiento ecológico en la actualidad. En particular, de acuerdo con E. Gudynas (2002), en tiempos pre-hispánicos el concepto guaraní de sí-mismo (teko) era inseparable del ambiente (teko-ha). La autodefinición de la persona requería un ambiente (inmediato), indispensable para la vida.

Las culturas originarias tienden a concluir que su humanización no pasa por “vencer” a la Naturaleza, sino por ajustarse a su orden para que ella y la humanidad se puedan reproducir. Se entiende entonces que la proximidad de los pueblos originarios hacia la Naturaleza no supone que se alejen de la cultura, porque esta manera de articularse con lo material es cultural, según su concepción de la existencia.

En efecto, los pueblos originarios no encarnan una resistencia acrítica de la cultura occidental y sus avances. Es el caso de la Comarca Kuna que se rige autónomamente por su propia estructura social, política y cultural con reconocimiento del Gobierno de Panamá desde 1953. La comarca integra ciertas innovaciones propias del desarrollo cultural, como lo es la educación en tanto contribuye a vigorizar su cultura, así como el concepto de Reserva de la Biosfera por sus aportes en cooperación técnica y financiera para conservar y mantener la vida silvestre a fin de satisfacer las necesidades de las futuras generaciones.

La cultura no indígena también se enriquece por los aportes de los pueblos originarios. Es el caso del revitalizado debate acerca de la idea del “Buen Vivir”, en construcción desde una diversidad multicultural que pone el acento en la calidad de vida de las personas y no en metas de crecimiento económico. Esta idea de Buen Vivir, que incluso reconoce constitucionalmente derechos de la Naturaleza en Ecuador y Bolivia, es una importante fuente de diálogo y conocimiento para organizaciones sociales, empresariales y gobiernos, en la medida que se de seguimiento a su implementación.

Los conflictos socio-ambientales y los pueblos originarios

En la actualidad, en numerosos puntos de la geografía de América Latina, es notable la presencia y activación de organizaciones indígenas en defensa de la tierra y sus recursos y de la misma población ante el avance de megaproyectos de extracción de materias primas o mercancías (minerales, petróleo, energía hidráulica, plantaciones forestales, bioprospección, etc.).

Los megaproyectos están orientados a la acumulación mundial de capital, a cuya lógica busca “integrar” subordinadamente los territorios y las poblaciones locales. Eso suele configurar fuentes de conflicto socio-ambiental por la exclusión de la población local (muchas veces inconsulta), al igual que los eventuales efectos lesivos no deseados para la Naturaleza del área y del planeta (Gallardo, 2010). Proyectos financiados en el esquema del Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) no están exentos de esta situación, como el ejemplo que muestra Madeline Mendoza (2009) en un estudio de caso en Nicaragua.

La imagen hoy común de “refugiados ambientales” remite a la expulsión y migraciones forzadas de estas poblaciones. Suelen ser funcionales a ello políticas públicas y privadas de vigilancia y militarización, o para-militarización, de los territorios de expansión extractiva. Igualmente lo son diversas legislaciones y disposiciones administrativas de los Estados, que merecen el calificativo de “criminalización” de la protesta por parte de diversas organizaciones y movimientos sociales.

Y es que, en la actual coyuntura latinoamericana, los reclamos legales en tribunales de justicia y administrativos, el cabildeo político y las movilizaciones indígenas, no tienen lugar de manera aislada (indigenista), pero están en un trayecto de integración a procesos más amplios de “múltiples praxis” (Bartra), por su interrelación con organizaciones de economía social y solidaria y diversidad de colectivos sociales integrados en redes.

Esta realidad pone en tela de juicio cierta interpretación académica, según la cual la conciencia ecologista entre los pueblos indígenas -y otros- tiene origen en la necesidad de supervivencia (ecologismo popular, según J. Martínez Alier).

También se ha alertado de asignar a los pueblos indígenas una identidad de “buen salvaje ecológico”, de manera ahistórica y descontextualizada, como si fueran “guardianes de la naturaleza” por ser ellos parte de la misma. No es legítimo, en opinión de Morán Varela, que la sociedad pida a los pueblos profundos un esfuerzo conservacionista que ella no sólo no realiza sino contradice.

Entonces, conviene entender el ambientalismo de los pueblos como parte integral de sus más amplias reivindicaciones de tierra, territorialidad, autonomía y soberanía sobre el empleo de los recursos naturales, así como sus propuestas por territorialidad, nacionalidad y reconocimiento de su identidad cultural. Viviendo años de integración subordinada a la sociedad mestiza, los pueblos indígenas buscan más bien articulación provechosa, constructiva entre las diversas culturas, para generar una nueva sociedad.

Al respecto, dice H. Gallardo (1993): “… para que cada reclamación particular alcance eficacia debe contener una proyección hacia lo fundamental, es decir hacia los mecanismo que determinan y sancionan la producción y reproducción sociales.” En este sentido, las movilizaciones indígenas son procesos con alcance e identidad políticos, en el sentido de plantear una posición con respecto a estructuras y lógicas de dominación pero también una propuesta de construcción de comunidad.

En definitiva, cuanto mejor comprenda el cooperativismo a las movilizaciones y organizaciones indígenas, por diálogo abierto, estarán en mejores condiciones para articularse creativamente con provecho mutuo.

Fuentes:

Archibold, Guillermo: “Pemasky en Kuna Yala: protegiendo la madre tierra… y a sus hijos”, en: Hacia una Centroamérica verde. Seis casos de conservación integrada, Stanley Heckadon et al., DEI, San José de Costa Rica, 1990.

Bartra, Armando: “Tiempos turbulentos”, en: Argumentos, vol. 23, núm. 63, mayo-agosto, UNAM, México, 2010 (disponible en http://redalyc.uaemex.mx/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=59514815005).

Gallardo, Helio: 500 años: fenomenología del mestizo (violencia y resistencia), DEI, San José de Costa Rica, 1993.

Gallardo, Helio: “Megaproyectos de desarrollo y criminalización de la protesta”, IX Foro sobre Derechos Humanos, Sistema Universitario Jesuita de México, octubre, 2010 (disponible en www.heliogallardo-americalatina.info).

Gudynas, Eduardo: Ecología, economía y ética del desarrollo sostenible en América Latina, DEI, San José de Costa Rica, 2002.

Gudynas, Eduardo: “Buen vivir: un necesario relanzamiento”, en: Revista Memoria, No. 250, México (disponible en www.revistamemoria.com).

Martínez Alier, Joan: “Conflictos ecológicos y justicia ambiental”, en: Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 103, 2008 (disponible en http://www.fuhem.es/revistapapeles).

Mendoza, Madeline: “Justicia climática: una tarea pendiente”, documento PDF, Centro de Estudios Internacionales, Managua, 2009 (disponible en www.ceinicaragua.org).

Morán Varela, José Antonio: “Los indígenas no son guardianes de nada o cómo se desmonta el mito de Tarzán”, disponible en www.eutsi.org

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